Los problemas no se deben al coronavirus sino al modelo

Los problemas no se deben al coronavirus sino al modelo

El llamado del presidente Piñera pidiendo un acuerdo nacional para enfrentar la epidemia y su fase posterior, supuestamente problemática, adolece de un factor fundamental cuya permanencia dificulta un futuro estable. Esta omisión radica en afrontar las dificultades sin disposición a cambiar la estructura de poder existente en la sociedad chilena, la que mantiene a los empresarios, junto a sus altos ejecutivos y bufones, en una situación de privilegio mientras la mayoría de los habitantes del país pasa por numerosas penurias y duros aprietos, panorama alivianado por el endeudamiento o el bono estatal, anestésicos sociales que no solucionan el problema. Como la elite que domina el país acumula riqueza y bienestar, arrebujada en el barrio alto de la capital y viviendo en una subcultura del confort, no alcanza a percibir el otro país, el de los barrios y poblaciones que vive de un salario, con alta inestabilidad laboral y un gran porcentaje “arreglándoselas” en el día a día, en medio de la absoluta precariedad. Es más, los grupos dominantes creen que tal situación es generada por un enemigo maléfico y resentido que exacerba los problemas y que la gente vive feliz. Tal equivocación es traspasada a sus representantes políticos, quienes obedientemente, trabajan para impedir cualquier iniciativa que varíe la actual situación. De esta manera, los empresarios, las multinacionales, la Derecha y el gobierno, se esfuerzan por mantener el modelo y, sabedores de que cuentan con el apoyo casi incondicional de varios partidos de la oposición parlamentaria, avanzan decididamente sin reparar en el daño que generan, cuestión que se puede apreciar por la forma en que se enfrenta la epidemia del coronavirus, que nos ubica entre las naciones con mayor número de contagiados en el mundo.

Los cambios en el orden mundial impactarán en el país

La coyuntura política mundial sigue teniendo, como principal escenario, la disputa que se vive al interior de Estados Unidos entre las tres principales agrupaciones en que se dividió el deep state, proteccionistas, continentalistas y globalistas, estos últimos esperanzados en que el error cometido por Trump en el caso George Floyd, lo debilite a tal grado que pierda la próxima elección presidencial. No obstante, independiente de la definición de noviembre próximo, no hay posibilidad alguna de que la división en la elite estadounidense vaya a terminar ni que finalice su propagación y efecto al interior del capitalismo, menos que la unipolaridad vuelva como orden mundial. Solo puede cambiar la forma en que el triunvirato EEUU-China- Rusia se estructure, pero no hay duda alguna de que dichas potencias serán las hegemónicas en las próximas décadas. Tal escenario determinará la situación de cualquier opción política que reemplace al actual gobierno y el escenario es complicado. La Concertación mantuvo su mejor período coincidiendo con los periodos de Clinton y Bush hijo, pleno dominio de los globalistas. Luego la Nueva Mayoría gobernó mientras estuvo Obama, otro de sus representantes y, el efecto de la crisis subprime no se manifestaba en plenitud y los proteccionistas aún no alcanzaban el gobierno, cuestión que ha variado.

La agudización del enfrentamiento entre Estados Unidos con China será un complejo escenario para el gobierno aunque con el poco tiempo que le queda puede sortearlo. Sin embargo, no será fácil para quien lo reemplace, porque cualquiera de las tendencias que llegue a la Casa Blanca exigirá mayor definición y tanto los créditos como la inversión extranjera y los mercados externos estarán condicionados al orden mundial que emerge. El gobierno de Piñera ya estaba sufriendo tal situación, lo que se notó en el bajo crecimiento y la falta de confianza empresarial que hubo en la etapa pre estallido social.

El cambio de gabinete muestra la decisión de negociar para salvar el modelo

El cambio ministerial efectuado la semana pasada no fue un simple enroque ni estuvo destinado a recomponer el equilibrio interno de la coalición gobernante. Significó un ajuste preciso para constituir un equipo que consolide el pacto alcanzado en noviembre pasado, ubicando en el Congreso el principal campo de implementación y acotado a un programa corto que permita pasar la tormenta y sin lesionar la hegemonía empresarial. Ante ello proponen llegar a un acuerdo en un plan económico de emergencia, para lo cual tienen espacio para negociar, además, le viene como anillo al dedo la propuesta del colegio médico. Con el movimiento social paralizado, Piñera solo necesita a la Democracia Cristiana y al laguismo, es suficiente, aunque persistirá en tratar de incorporar al máximo de partidos.

Esa es la función del nuevo equipo político ministerial y no tiene una difícil tarea, ya que el “partido del orden” de la ex Concertación, supone que el proceso constituyente podrá ser manejado para que sólo efectúe cambios cosméticos y luego podrán volver al gobierno y el piñerismo les devolverá la mano y además, lograrán mantener una tácita alianza con el empresariado que llora por volver a los grandes consensos.

El empresariado apuesta a que la crisis será superada en septiembre. Mientras, la asumen como una etapa que denominan Hibernación

Los problemas no se deben al coronavirus sino al modelo

La Derecha requiere de un rápido acuerdo que apruebe un plan de emergencia y reactivación económica como paso previo a un pacto mayor que garantice la paz social. Ese es el objetivo mayor del nuevo equipo político y el ministro de Hacienda no debería tener problemas en lograr consenso con sus eventuales aliados, ya que solo mantienen pequeñas diferencias en el monto del gasto fiscal y el endeudamiento, cuestión que debería resolverse en el Congreso. El gobierno tiene facultades para aumentar el gasto fiscal, pero busca aprovechar el poder que ostenta con el país semiparalizado, para recuperar la iniciativa y amarrar a la DC y al laguismo en un acuerdo corto que instaure prerrequisitos políticos para mantener el modelo y, a la vez, evitar un eventual costo por el fracaso frente al coronavirus. Ese es el esquema estratégico de fondo, aunque diseñado en el plano defensivo porque no tiene capacidad para recuperar la iniciativa debido a persistencia de una compleja situación política. No obstante, el gobierno no muestra gran desempeño frente a la Covid-19 porque la formación económico-social y el aparato de Estado no pueden responder de mejor manera debido a un problema estructural que se arrastra por décadas. La presencia del virus hizo que Piñera y el empresariado, asustados por la suspensión de ciertas áreas productivas y la caída del PIB, implementaran una errada estrategia de contención y un mal cálculo de su evolución, perdiendo el control de la pandemia. El error estuvo en precisar como prioritario lo macroeconómico, un problema ideológico tal cómo lo conciben Trump, Bolsonaro o el macrismo argentino, lo que significó un desastre. Ante el desborde, imposible de ocultar con el manejo de datos, hubo un cambio de plan, pero el descontrol sigue porque durante las últimas décadas, el país se construyó priorizando el capital financiero, el extractivismo, desmontando el aparato de protección estatal, desviando recursos al sector privado para enriquecer a unos pocos, desnacionalizando los servicios básicos y promoviendo el saqueo de las multinacionales. Ciertos socialistas, que se apresuran a negociar con Piñera, se ufanan de haber sido los mejores defensores de la “disciplina fiscal”. Además, se privilegió la construcción de un sujeto social individualista, trivial y amoral, alejado del interés colectivo, que exacerba el yoismo e indiferente con el otro. Precisamente, tal individuo hedonista y cortoplacista, no se hace parte del interés colectivo, factor esencial en momentos de crisis como el que vivimos. El gran problema no es el virus, está en lo ideológico y el carácter del patrón de desarrollo, o sea, el modelo neoliberal.

¿Volveremos a la normalidad de la enorme desigualdad que impera en el país?

Cuando se indica que el gobierno y el empresariado priorizan la economía por sobre la salud, no significa que los temas económicos sean secundarios, sino que Piñera y la CPC los reducen a sus negocios y utilidades por encima del bien común. La economía no es una ciencia exacta y se relaciona con las tareas que desarrolla el ser humano para producir bienes y servicios que satisfagan las necesidades de los integrantes de una sociedad, cuestión que se relativiza cuando priman los intereses de los más poderosos por encima de la comunidad, apropiándose del fruto del trabajo en beneficio del capital.

En tal sentido, todos y todas queremos una economía fuerte, la diferencia radica en la distribución de sus frutos. Para las organizaciones patronales la normalidad constituye la vuelta a los negocios y utilidades como antes del 18 de octubre y del coronavirus. O sea, el país normal para los empresarios es aquel en donde reina la desigualdad. Están convencidos de que el modelo que tenemos es el mejor del mundo y solo necesita pequeños ajustes, así, toda proposición de cambio es un caos asociado a Venezuela, ya que no tienen otro argumento de peso y, dentro de su rudeza intelectual, no les alcanza para más.

La necesaria construcción de una oposición de izquierda

En el país, los partidos autodefinidos como opositores en el parlamente, en su gran mayoría favorecen la mantención del modelo. Ninguno ha criticado la autonomía del Banco Central, cuestión que define la política económica nacional y, entre otras, su dependencia del Fondo Monetario Internacional. Asimismo, nadie reclama contra el artículo 161 del Código del Trabajo y pocos se atreven a terminar con el sistema previsional basado en las AFP. Muy pocos apoyan un cambio de fondo en el sistema tributario o la nacionalización del cobre. La mayoría ha estado gobernando y son partícipes o cómplices de todo el sistema de abuso imperante o desde el Congreso se prestan para oscuros negociados con la Derecha, aunque algunos a veces alzan la voz para luego terminar arrinconados con la cola entre las piernas. También, los partidos anticapitalistas y adherentes al socialismo son pequeños o marginales y, sorprendidos por la masividad de la rebelión social, sus militantes participan en las protestas sin ejercer influencia, a tal grado que la figura principal del estallido es un perro ya fallecido y la bandera emblemática es la mapuche. Pero, mayor fue el desconcierto con la pandemia, lo que relegó a todos al ostracismo y con nula capacidad de respuesta, la que solo se manifiesta en actividad solidaria, puntuales protestas y mínima expresión telemática. Es evidente la desconexión de las orgánicas socialistas con el movimiento social antineoliberal, en el que también participan entidades políticas proclives a un capitalismo de bienestar. Últimamente, algunos partidos han efectuado manifiestos unitarios de corto alcance, exigiendo mayor protección para el pueblo, lo que es correcto, aunque no sean escuchados. Pero, lanzadas desde las alturas, sin establecer parámetros que contribuyan a la construcción de una alternativa viable al actual modelo, cuyas principales medidas son coreadas por el pueblo en la calle, las declaraciones tienen poco efecto. Lo programático es esencial para evolucionar desde la protesta a la propuesta, esa es la labor de una organización política y, mientras no se conrete, la separación entre partidos políticos y actores sociales proseguirá. Es hora de revertir tal situación.