La Derecha y el ridículo terror al “octubrismo”

La Derecha y el ridículo terror al “octubrismo”

Las unidades creativas de las clases dominantes no son muy productivas en política, pero se debe reconocer que en lo que se refiere a la revuelta popular del 2019, han sido ingeniosas y el mote de “octubrismo” consiguió imponerse en amplios sectores, entre ellos los hoy disminuidos “socialistas renovados”, quienes lo adoptaron sin recato debido a la infructífera y quejumbrosa situación en que se encuentran.

Las interpretaciones son variadas, y en general provienen del sorpresivo susto de la elite en los meses finales del 2019. Así, el “octubrismo” se transformó en categoría político social y luego fue objetivado. Hoy es un “fantasma que recorre Chile” y para la clase que domina el país es sinónimo de terror e incertidumbre.

Nostálgico del proyecto liberal y protegido que imperó en la sociedad chilena durante la transición, el bloque en el poder añora un orden en el que se excluya a quienes asuman posturas antisistémicas y, con mayor razón, si fomentan la protesta social.

Ambas ideas sintetizan el siempre temido “octubrismo”, lo que revela el carácter excluyente que tendría el orden que pretenden reconstruir las fuerzas capitalistas chilenas.

Los “socialistas renovados”, hoy con evidente improductividad teórica y sin entender en qué mundo viven, adoptaron el objeto y lo consumen sin pudor alguno, hermanándose con la Derecha en designar como “barras bravas” a cualquier grupo que proteste y resista ser excluido del orden que creó la oligarquía.

Todo aquél que no esté de acuerdo con el consenso que intenta alcanzar la elite política y empresarial, debe darse por avisado, quedará fuera, ya que no se puede permitir que continúe la inseguridad. La delincuencia común y la delincuencia política son partes de un solo imaginario de tipo maniqueo, los malos y desalmados en contra de los “buenos chilenos”.

Incapacidad del orden para incluir la diversidad

A comienzos del siglo pasado, la burguesía chilena denominó como “cuestión social”, la categoría con la que se refirió a la desigualdad que peligrosamente empujaba a los excluidos a adherir a ideas cercanas a los “bolcheviques”. Por ello, generó un proceso para incorporarlos a la institucionalidad, así, se legalizaron los sindicatos en un pacto impuesto que provocó resistencia, pero que al final fue aceptado, porque los empresarios no pudieron evitar que los obreros persistieran en mantener claros objetivos anticapitalistas. Pero, hoy, evocando la Dictadura, se desea imponer un pacto excluyente, en el que no se tenga la posibilidad de protestar ni tampoco tener ideas antisistema, ni el derecho a ocupar espacios públicos acorde con otro imaginario, porque sería la vuelta del “octubrismo”. Convertido en el absurdo límite entre lo correcto y lo inaceptable. No obstante, no es posible que se pueda reconstruir un orden excluyente, si alguien piensa dejar fuera al “octubrismo” y cree que dicha hipotética eliminación significará una llegada automática de la certidumbre está muy equivocado. Y ese es el problema para construir un nuevo orden, es imposible recomponer las bases con las que funcionaron los 30 años, porque la centroizquierda que hoy gobierna no puede asegurar que los dominados las aceptarán. Nadie puede ser tan iluso en pensar que este nuevo orden se construirá solo con los grupos dominantes o que la coalición que hoy se encuentra en al poder es propietaria de los movimientos sociales y que estos adherirán ciegamente a cuanto acuerdo lleguen las elites.

Ese es el quid del asunto, por tanto, la eventual certidumbre que debería llegar con un pacto de convivencia tiene que admitir a los excluidos y aceptar su cultura e intereses, de lo contrario, solo habrá medio acuerdo y esto nunca funciona.