El voraz interés del empresariado que desvirtúa la política

El voraz interés del empresariado que desvirtúa la política

Durante toda la historia de Chile la clase patronal ha dominado sin contrapesos la política, pero durante un gran lapso de tiempo se vio obligada a consensuar con otros grupos sociales el proyecto de desarrollo del país, específicamente con las clases medias y los trabajadores organizados, estableciendo un pacto con el Estado como reflejo de dicha alianza. Tal acuerdo se rompió en septiembre de 1973 y desde dicha fecha los empresarios se constituyeron en el único agente que predomina en el rumbo de la economía y el resto quedó altamente sometido a sus intereses, ya no compartieron con el Estado la responsabilidad del desarrollo nacional, porque este adquirió carácter subsidiario y se transformó en un aparato altamente excluyente, así, la hegemonía que adquirieron se extendió al conjunto de la sociedad y consideran normal su injerencia en los asuntos políticos, cuestión que se degradó con el financiamiento irregular de los partidos de la ex Concertación y de la Derecha durante el reinado del duopolio.

Paradojalmente, cuando se creó el orden de la transición, los militares compartieron el pacto con los Chicago Boys, Jaime Guzmán, los empresarios y la Concertación, pero, en la medida en que estos financiaron campañas electorales, medios de comunicación, institutos, becas de estudios y personas, su influencia creció desmesuradamente y hoy, es desproporcionada, a tal grado que sus ideas corporativas son asumidas en el ámbito político como la únicas válidas, pauteando a la Derecha y arrinconando al gobierno y categorías como “crecimiento”, “certidumbre”, “permisología” y otras, articulan un relato que domina la discusión pública a través de los medios que poseen, logrando que sus intereses como clase sean transformados en el interés general, imponiendo su propia versión del bien común, obviamente definido por su beneficio y no necesariamente por el servicio a la sociedad. La exagerada intervención de los patrones en la política nacional, condicionándola a su provecho, es una desviación que no tiene por dónde solucionarse en el corto plazo y le hace mal al país, ya que distorsiona una actividad clave de su funcionamiento y, en especial de su convivencia, debido a que si en el presente tienen gran poder, a la larga se debilitarán, precisamente, por la exageración y voracidad para incrementar sus utilidades condicionando la débil institucionalidad a su antojo.

Chile está en crisis porque no puede consensuar un orden político y los empresarios bregan por construir uno disponible para el aumento de sus ganancias, pero sin ceder en un mínimo acápite del inmenso poderío político, económico y mediático que poseen desde siempre.